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Gaspar do Amaral

Persona y sociedad · Artículo publicado en LinkedIn el 15 de junio de 2026

La espada que conquisté y la libertad que encontré

«Meu Coronel»: una fórmula de tratamiento, una espada conquistada y una libertad encontrada

Gaspar do Amaral · 15 de junio de 2026

Traducción del original en portugués. Esta versión se emitió el 30 de octubre de 2026.

Ilustración original del artículo: vista aérea del castillo de Guimarães, en el norte de Portugal, cuna del condado Portucalense, con sus murallas almenadas, torres con tejados rojos y, en la torre del homenaje, un estandarte blanco con una cruz azul. No tiene texto. © Aprecisa.com
Ilustración original del artículo: vista aérea del castillo de Guimarães, en el norte de Portugal, cuna del condado Portucalense, con sus murallas almenadas, torres con tejados rojos y, en la torre del homenaje, un estandarte blanco con una cruz azul. No tiene texto. © Aprecisa.com

«Senhor Coronel»: la espada que conquisté y la libertad que encontré

Hay fórmulas de tratamiento que no pasan de ser una convención. Y hay otras que son condensaciones de siglos: de soberanía, de carácter y de una cierta idea de pertenencia. El «Meu» («mi») con el que, en el Ejército portugués, un militar se dirige a su superior — Meu Coronel, Meu Capitão, Meu General (mi coronel, mi capitán, mi general) — pertenece sin vacilación a la segunda categoría. No es una cortesía de circunstancias: es la supervivencia fonética de un mandato de soberanía.

I. La génesis: de Guimarães al despacho directo

La historiografía de cuartel suele explicar el «Meu» por la camaradería de la trinchera: el oficial pertenece a su hueste, y sus hombres lo reclaman como suyo. Es cierto, pero es la lectura corta. La lectura larga nos devuelve a Guimarães, a la cuna del condado Portucalense y a la relación umbilical de Alfonso Enríquez (Afonso Henriques) con la Colegiata de Nuestra Señora de la Oliveira.

Para existir como reino, el joven soberano necesitaba la validación de la Santa Sede, validación que solo se consolidaría formalmente en 1179 con la bula Manifestis Probatum. En esa arquitectura de poder, garantizar un canal de despacho directo con Roma, sin la mediación de esferas eclesiásticas rivales, era un acto de blindaje de la propia soberanía. El dignatario con derecho de proximidad a la cúspide del poder era el monseñor — del francés Monseigneur, literalmente mi señor —: el que sube al despacho sin intermediario.

De ahí se deriva la tesis que sostiene este artículo: el «Meu» del Ejército es la contracción de ese estatuto hidalgo — mi señor [empleo]. No significa posesión de arriba abajo; significa vasallaje directo al soberano que representa a la nación, sin intermediarios. El Ejército fue la fuerza que nació con Alfonso Enríquez, quien solo sería reconocido como mi rey por la Santa Sede — la autoridad suprema a la que el monseñor llevaba el despacho —, ya viejo y cansado, en 1179. Sin corona y sin título, fundó primero el territorio, contra todas las probabilidades de la época. Sus oficiales heredaron por ello un derecho de nobleza compartida por la espada, y el tratamiento con «Meu» es el eco protocolario de la hidalguía de aquellos tiempos.

II. El contraste: el «Senhor» de la Armada y de la Fuerza Aérea

La elección del término distingue genealogías. La Marina — que tiene la primacía protocolaria en las ceremonias militares, pero que no fue la primera fuerza militar que existió en Portugal — cultiva el Senhor Comandante, Senhor Almirante (señor comandante, señor almirante). La distinción es esencial y no meramente erudita: la precedencia ceremonial y la antigüedad jerárquica no se confunden con el tiempo de existencia. La hueste terrestre que se afirma con Alfonso Enríquez en la batalla de São Mamede, el 24 de junio de 1128, es anterior a la organización formal de la Armada; lo que la Marina tiene es la primacía en el protocolo, no la primogenitura en el orden del tiempo. A bordo, en un espacio confinado, la jerarquía tiene que ser absoluta y la autoridad del mando, incuestionable. El «Senhor» instituye la distancia protocolaria del buque como territorio nacional flotante y embajada del Estado: formalismo cortesano de quien siempre representó a la nación ante cortes extranjeras.

La Fuerza Aérea, creada en 1952 a partir de la fusión de la Aeronáutica Militar y la Aviación Naval, heredó en gran medida la matriz formal y técnica de la Armada, alejándose de la cultura de infantería. De ahí el «Senhor».

Donde el «Meu» evoca la unión por la espada y la proximidad al soberano, el «Senhor» evoca el respeto por el cargo y la distancia del mando que imponen el buque y la misión.

III. Alexandre Júlio y Gaspar do Amaral

Es en este marco donde adquiere densidad el modo en que Alexandre Júlio se dirige a mí como Meu Coronel. Fíjese el detalle protocolario, que no es accesorio: el empleo al que llegué fue el de teniente coronel — ascenso de 2015 —, y la tradición militar portuguesa suprime el prefijo en el tratamiento oral, llamando al teniente coronel simplemente coronel. Y cuando, por costumbre o por formación, le sale decir Senhor Coronel, lo que de verdad dice es Meu Coronel: no cumple solo un reglamento; reivindica el linaje alfonsino del tratamiento, el reconocimiento de una pertenencia mutua que antecede a la jerarquía y la trasciende.

El «Meu» es aquí una profesión de fe en una escuela de carácter. No se trata de subordinación administrativa; se trata de aceptar una genealogía de verticalidad: la misma que nació cuando la voluntad humana y la fuerza de las armas dictaron, en Guimarães, el nacimiento de Portugal en la batalla de São Mamede.

Y, sin embargo, es justamente aquí donde debo a quien me lee la mayor de las honestidades, que dejo para el final.

IV. Licencia ilimitada: mi libertad según Agostinho da Silva

Y es aquí donde mi propia situación se vuelve pertinente. El 25 de octubre de 2018 pasé a la licencia ilimitada, por una opción que todavía hoy sorprende a muchos de los que compartieron conmigo el servicio. No por desinterés, sino por una elección personal, quizá a veces en sintonía con la filosofía de Agostinho da Silva, que teorizó con una lucidez poco común lo que practico a diario. Llamo a ese momento mi 25 de Abril — el día de mi libertad, que nada tiene que ver con 1974 —: mi liberación personal, ese momento en que necesité valor y cambié la carrera por la soberanía sobre mi propio tiempo y sobre mí mismo.

Esperé cincuenta años y sucedió.

La libertad que defendió el pensador no es la ausencia de deber; es la negativa a vivir subordinado a la acumulación. Agostinho da Silva celebró el ocio creador, la gratuidad, la primacía del ser sobre el tener: la convicción de que el hombre verdaderamente libre es el que no se deja atrapar por la lógica utilitaria del amontonar. Vivir libre, en ese sentido, es disponer de la propia vida como acto de creación y no como contabilidad de posesiones o de galones.

Fue también con ese criterio con el que tomé la decisión de no seguir acumulando tiempo de servicio militar. La contabilidad del tiempo — la suma de años que constituye la carrera formal — no es para mí la medida de lo que importa. Opté por no tenerla.

V. Lo que no se acumula se vive

Pero hay una distinción decisiva, y en ella descansa todo lo demás: no tener el tiempo de servicio no es no tener la escuela. La tuve, la tengo y la desarrollo cada día: la escuela del «Meu Coronel», la que se practica en el Ejército portugués desde Alfonso Enríquez. Es una escuela de pertenencia y de responsabilidad: investido por la comisión de la Corona, el coronel responde por la autoridad que de ella recibe y se convierte en su representante en el campo de batalla, ante el enemigo, pero también ante sus propios hombres, y hoy también mujeres.

Esa escuela no se mide en tiempo de servicio; se mide en verticalidad. Es la disciplina interior, el rechazo de la superficialidad, el sentido de pertenencia a algo mayor que uno mismo y que es trascendente. Es lo que llamo La Fundación de la Verticalidad (A Fundação da Verticalidade): exactamente lo contrario del Abismo do Rigor (Abismo del Rigor) en el que se despeña quien confunde carrera con carácter.

La libertad de Agostinho da Silva y la hidalguía del «Meu Coronel» convergen. Ambas afirman que el valor de un hombre no está en lo que acumula — ni en años ni en bienes —, sino en lo que es capaz de ser con rectitud. Prescindí de la contabilidad del tiempo precisamente para poder vivir, sin intermediarios y sin reservas, lo que el «Meu Coronel» significa: el vasallaje libre a lo que es justo, la proximidad directa a lo esencial, la nobleza que se ejerce de pie.

Esa es la herencia que elegí servir. No la tengo registrada en años de servicio. La tengo inscrita en la manera de estar.

VI. Solo Gaspar do Amaral

Queda la honestidad que anuncié. Agradezco la deferencia de quien me llama coronel o Senhor Coronel, pero no soy eso. No soy coronel: fui teniente coronel, o coronel en el lugar de teniente, y ya no lo soy. Estoy ingeniero, pero solo porque lo ejerzo; el día en que deje de ejercerlo, dejaré igualmente de ser tratado así, y no lo necesito para Ser. Esta es la regla que aprendí a respetar: la función solo existe mientras hay un acto que la sostiene. El empleo, el grado, la profesión son modos de hacer — contingentes, perecederos, dependientes del ejercicio —, nunca sustancia. Lo que ejercí no es lo que soy; y tampoco soy lo que fui. Bajo todas esas funciones, y aun cuando todas se apaguen, permanece una sola cosa que no depende de ejercicio alguno: sigo Siendo Gaspar do Amaral.

Y la sustancia del elogio rara vez me mueve, porque el elogio es, la mayoría de las veces, un impostor que se sienta a la mesa del carácter sin haber sido invitado.

Por eso prescindo del título. No por desdén hacia el uniforme — le debo la escuela entera —, sino porque la escuela del «Meu Coronel», llevada hasta sus últimas consecuencias, enseña precisamente esto: que la verticalidad no necesita galones para mantenerse en pie. El hombre libre de Agostinho da Silva no carga honores; se carga a sí mismo.

Lo sentí siendo todavía soldado en instrucción, cuando soñaba con llegar a general; pero, al comprender que general ya lo era por dentro, me di cuenta de que mi sentir iba más allá de cualquier empleo, y fue ya como teniente coronel cuando lo puse en verso:

Largo medalhas, não quero honrarias,
prefiro migalhas que se chamam alegrias.

(Suelto medallas, no quiero honores; prefiero migajas que se llaman alegrías.)

Esa es la economía de mi libertad. Cambié las medallas por las migajas, y descubrí que las migajas, cuando se llaman alegrías, son el pan entero. Llámenme como quieran; seguiré firmando, sin empleo y sin prefijo, solo por lo que soy y siempre fui, como seré.

VII. El Nombre que no se ejerce

Y, sin embargo, hasta Gaspar do Amaral me lo dio mi Madre, en la pila bautismal, por manos humanas, exactamente igual al de mi Padre, y con ese amor aprendí a amarlo. Me despojé de los nombres que se ejercen; queda el que no depende de ejercicio alguno y que ni siquiera elegí: el Nombre con el que me llama Quien me hizo. Me gustaría saberlo, porque ese, y solo ese, será mi verdadero Nombre.

La tradición que mejor responde a esta intuición lo guarda en secreto. El Apocalipsis habla de una piedra blanca donde está escrito un nombre nuevo que nadie conoce sino el que lo recibe; no porque esté escondido, sino porque es intransferible: coincide tan perfectamente con el ser de cada uno que no cabe en boca ajena. Y el profeta oye la voz que dice a cada hombre: te he llamado por tu nombre, tú eres mío. Ahí el nombre no es etiqueta ni grado: es acto de amor y de elección.

Obsérvese la coherencia con todo lo anterior. Los nombres que se ejercen — el empleo, la profesión — dependen del acto y perecen con él. El Nombre con el que Dios llama es el único que no se ejerce: se recibe. Es puro Ser, sin hacer. No se conquista como una medalla — y quien soltó las medallas lo sabe con certeza —; se acoge.

Y porque estamos hechos a Su imagen y semejanza — y todos lo estamos —, ese Nombre es a la vez lo más singular y lo más compartido que existe. Singular, porque nombra lo que en cada uno, y solo en él, refleja al Creador. Compartido, porque la fuente es una sola y la Voz que lo pronuncia es la misma para todos: muchos nombres irreductiblemente propios, una sola boca que los dice.

Es aquí donde se cierra el arco. Partimos de la distinción y de la jerarquía — el «Meu» y el «Senhor», la genealogía de la soberanía, la hidalguía compartida por la ley conquistada con la espada —. Y llegamos a la única hidalguía que no excluye a nadie: la que se comparte en la imagen. Los galones distinguen; la imagen iguala. Lo que hace noble a un hombre no es el empleo que dejó: es lo mismo que hace noble a cualquier hombre: haber sido llamado por su nombre, y ser amado en esa llamada.

En cuanto a saber cuál es ese Nombre, creo que está en su naturaleza no dejarse anticipar. No se descifra a distancia; se oye en el encuentro. Y quizá ya lo oiga, sin saber decirlo todavía, en esas migajas que llamé alegrías, porque es en lo que no se compra, y no en lo que se ejerce, donde la imagen habla más bajo y más verdadero.

Lo demás es silencio. Y el silencio, aquí, no es ausencia de respuesta: es el lugar donde la respuesta se dice.

Gaspar do Amaral
La Fundación de la Verticalidad

Nota metodológica

Qué es esta página. Traducción al español del artículo publicado por el autor en LinkedIn el 15 de junio de 2026; la versión íntegra en portugués está en este sitio. Es un texto de opinión y reflexión; las fechas (1128, 1179, 1952, 2015, 25 de octubre de 2018) son las del original.

Cambios de forma, no de fondo. Se conservan las fórmulas de tratamiento portuguesas, con su sentido, porque el argumento descansa en la diferencia entre «Meu» y «Senhor». El verso se da en portugués con una versión en español. Las alusiones bíblicas (Apocalipsis 2,17 e Isaías 43,1) se parafrasean, como en el original. Se ha eliminado el parámetro de seguimiento que LinkedIn añadió al enlace del vídeo.

El debate está en LinkedIn (en portugués)

Los comentarios a este texto se hacen en LinkedIn, donde el artículo se compartió en portugués. Puede escribir en español. Esté de acuerdo, discrepe o aporte datos: todas las objeciones fundamentadas reciben respuesta.

Gaspar do Amaral · Original en portugués del 15 de junio de 2026, publicado en este sitio; traducción emitida el 30 de octubre de 2026 · Figuras y tablas © Aprecisa.com · Con ayuda de IA

Cómo citar: Gaspar do Amaral (2026). A Espada que conquistei e a Liberdade que encontrei. Zenodo. https://doi.org/10.5281/zenodo.23814394 · Archivo permanente en Zenodo.